Descubrimiento, destrucción y rescate de Bandurria en la memoria de Domingo Torero Fernandez de Córdova

BANDURRIA.- Esta memoria constituye un testimonio del esfuerzo por salvar el sitio de Bandurria y el Patrimonio Milenario que encierra, y un homenaje al recuerdo de quienes ya no están con nosotros, en especial a Dn. Domingo Torero Arrieta, guía y motor de este rescate arqueológico, a Otto Loof Longobardi y Victoriano Montemayor Amancio, quien con su camioncito de doble tracción nos llevó a todos los rincones del arenal.
De los estudiantes que participamos en el rescate, tres de ellos aún somos profesores de la Universidad de Huacho, uno ya es docente jubilado de la misma universidad, y los demás se encuentran en el sector pesquero e industrial: Héctor Romero Camarena, Luis Durand Padilla, José Cuellar Reyes, Félix Hipólito Dolores, Daniel Nicho Carpio, Rodrigo García Guardia, Víctor Figueroa Vargas, Oscar Guerrero Ramírez, Judith Alvarado Rodríguez, Pedro Loza Hermenegildo, Nilda Montoya, Luis Quiroz y otros cuyos nombres se nos escapan de la memoria, y quienes de alguna manera estuvimos al frente del rescate y las gestiones necesarias: Jorge Chaparro Ortiz, Santos Ventocilla Arce, Domingo Torero Fernandez de Córdova (a quien se le encargó elaborar este relato), Victor Roldán Tallatino y José Torero Trujillo, todos, nos felicitamos por el reinicio de las investigaciones —que nunca debieron abandonarse— y por los resultados que vienen obteniéndose, y las perspectivas que Bandurria ofrece al desarrollo cultural y turístico de Huacho; así como el control de las invasiones que utilizaban el frágil medio ambiente y han causado gran daño del patrimonio natural y arqueológico.
También hacemos un llamado a las autoridades de la Región, de la Municipalidad Provincial, de la Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión, a los estudiantes y a las instituciones civiles para conocer, apoyar y difundir los trabajos de investigación en Bandurria, que consolidan nuestra identidad como pueblo con miles de años de Historia.

Descubrimiento, Destrucción y Rescate de Bandurria
Los antecedentes de la destrucción parcial de Bandurria por aguas de drenaje, se encuentran en las filtraciones no controladas, resultantes del regadío de las Pampas anexas al valle de Huaura.
En la década de 1950 se construyó un canal (por la Irrigación Santa Rosa) con una toma de agua en el río, a la altura de Sayán, para irrigar una extensa zona eriaza, las Pampas de Huancayo, llamadas así por estar rodeadas de grandes cerros pedregosos.
El regadío de estas Pampas, unos 15 años después, ocasionó la aparición de lagunas como producto del afloramiento de la napa freática. Durante dos años, los agricultores del valle tramitaron ante el Ministerio de Agricultura el endicamiento o drenaje de la gran laguna formada. Hubo una serie de proyectos que no se llevaron a cabo por el ministerio, y la laguna finalmente se desbordó. Las aguas, que irrumpieron por una larga quebrada (Carrizales) hacia la Campiña de Huacho, arrasaron tierras de cultivo y granjas, causaron grandes destrozos e inutilizaron el muelle y el puerto de Huacho.
La arena y tierra arrastrada fue tal, que el puerto quedó convertido en playa, con los muelles en seco e inutilizados para el cabotaje, situación que duró más de 10 años hasta que el mar arrastró el material acumulado.
El Ministerio de Agricultura, presionado para resolver el problema, inició la construcción de drenes y un canal evacuador que llevase el agua al sector de Playa Chica. Inexplicablemente, no se tomó en cuenta a la quebrada de Cochinos, cuya ubicación la convertía en el drenaje natural de la zona.
A fines de marzo de 1973 el canal colector se había construido hasta pasada la carretera Panamericana Norte; y los ingenieros de la Dirección General de Aguas ya habían excavado con maquinaria un corte en el arenal, hasta el borde del acantilado, en el límite norte del médano1.
A principios de abril, ya construido el puente para que el canal cruzara la carretera, recorrimos el área revisando los conchales: mi padre, Jorge Chaparro y el que escribe, en búsqueda de líticos u otras evidencias que pudieran encontrarse entre los restos de moluscos.
Habíamos sido avisados por el Inspector de Aguas, Sr. Hilarión Muro que, por razones de ahorro, el ministerio no terminaría el canal hasta la playa, y que el agua sería encauzada hasta ella por el corte zanjado en la arena.
El Arq. Chaparro, trabajador de CRIRSA, se encontraba de vacaciones, e íbamos a diario en su “escarabajo” a la zona, pues teníamos presente el hallazgo de huesos de megaterio en una situación parecida, de irrupción de aguas, en Pampa Vieja (Los Antivales), distrito de Huacho, depresión en aquel entonces y hoy laguna conocida como “La Encantada”.
El día 6 de abril del 1973, hacia la media mañana, empezó a llegar agua por el canal evacuador, y en pocos momentos alcanzó un volumen de varios metros cúbicos por segundo. El agua llenaba el canal y, por el declive, alcanzó gran velocidad; al salir de él se empozó y formó una laguna, sin seguir por el corte trazado en la arena, al no tener un desnivel adecuado. El agua contenida en la laguna rompió hacia el sur por el borde del médano, que aquí era de menor altura.
Rápidamente, por el volumen que llevaba el agua, se formó un torrente que se abrió paso en dirección al mar, bordeando y, a la vez, arrasando el médano formado por arena y ceniza negra. Fue aquí, bastante cerca de la carretera, donde observamos las primeras evidencias, aparte de los conchales del sitio. Mi padre nos llamó y nos señaló unos tejidos de junco o totora que el agua dejaba al descubierto en el borde; nos trasladamos a la orilla opuesta y pudimos observar mayor cantidad de material arrastrado, sin lograr precisar de qué objetos se trataban por la velocidad del agua del torrente. Sin embargo, recuperamos una estera.
Nos acercamos al borde del acantilado que da a la hoy albufera y vimos cómo el agua empezaba a correr entre aquel y la barra de arena de la playa. Cabe recordar que en aquel entonces el área que reseñamos era totalmente desértica —desierto total entre el valle del Huaura y el de Chancay— no existían poblados, peaje, ni vegetación alguna, por lo no era posible encontrar apoyo para un rescate.

Regresando a Huacho, nos dirigimos a la Zona Agraria Huacho del Ministerio de Agricultura, donde el ingeniero en jefe nos indicó que no se podía detener el agua, pues la toma de los drenes no tenía compuertas, y por la misma razón tampoco se la podía desviar nuevamente a la quebrada de Carrizales.
Ante esta circunstancia, solo quedaba tratar de impedir la destrucción total del sitio y, quizás, llevar a cabo un rescate de los objetos que el agua arrastraba.
Nos pusimos en contacto con los universitarios Héctor Romero y Luis Durán, y ellos organizaron un grupo de estudiantes de la Universidad de Huacho, de las Facultades de Pesquería y Educación, a los que se sumaron algunos vecinos de Huacho, interesados en el tema del Patrimonio Arqueológico: Santos Ventocilla, Otto Loof y Victoriano Montemayor, quienes disponían de movilidad, absolutamente necesaria en este caso.
Una vez en el sitio se planteó la posibilidad de disminuir el choque del agua contra el borde del médano levantando muros con sacos de arena, para lo cual conseguimos la donación de una gran cantidad de sacos.
Sin embargo, apenas se lograba atenuar el ataque del torrente contra el borde, el agua se desviaba o sobrepasaba los sacos y seguía destruyendo el deleznable médano formado por arena y basura negra, creando un perfil cada vez más alto que contenía objetos no precisables y muchas piedras.
Ante este desalentador panorama decidimos rescatar lo que pudiera salvarse del arrastre del torrente, quedando mi padre, Santos Ventocilla, Jorge Chaparro y el equipo de universitarios en esa labor. Al autor de la nota se le encargó viajar con un oficio, fotos y un plano inicial del sitio levantado a mano alzada por el arquitecto Chaparro. Para elaborar estos documentos, en los días anteriores habíamos recorrido la zona desde Playa Chica hasta la Quebrada de Cochinos, marcando en el plano conchales, piedras y otras evidencias de superficie, los cerros que suponíamos con estructuras (pircas), el gran médano de más o menos 600 x 800 metros, que el torrente estaba destruyendo, y el “Adoratorio de la Wanka”, quizás lo que más nos llamó la atención en ese momento.
Premunido de este material, previa coordinación con mi hermano Alfredo5 para establecer un contacto con el Instituto Nacional de Cultura (INC), viajé a Lima.

En el Instituto Nacional de Cultura, nos recibió el arquitecto José Correa Orbegoso del CIRBM, y dos días después expuse el caso al arquitecto Barreto Arce, que me aseguró que se actuaría de inmediato, previa inspección por el CIRBM, le solicité que presionara a la Dirección General de Irrigaciones, causante del problema, para que enviara maquinaria y se ahondara un cauce definitivo, impidiendo de esta manera la destrucción total del sitio.
Días después llegó el Dr. Hugo Ludeña, en compañía de un ingeniero del Ministerio de Agricultura, para realizar una inspección. A la semana siguiente se recibió la copia de un oficio dirigido por el INC al Director Superior del Ministerio de Agricultura, solicitando su intervención para solucionar el problema.
Hacia finales de abril llegó Alfredo, acompañado por Wilfredo Kapsoli de la Universidad Ricardo Palma. Recorrimos el área y, con más detenimiento vimos en uno de los cerros una pared de piedras y barro, que procedimos a enterrar para evitar su destrucción por los huaqueros (como lo hicimos en Choque Ispana), al respecto Alfredo hace una observación en su libro “Idiomas de los Andes” (2002:42), pudimos observar los componentes del sitio arqueológico. Mientras se hacían trámites ante el INC y el Ministerio de Agricultura, se continuaba con el desesperado rescate, logrando salvar de las aguas, fardos funerarios, ofrendas y otros objetos, que se iban almacenando en nuestra casa de Salaverry en Huacho.
El rescate era sumamente riesgoso, pues el perfil alcanzaba en muchos lugares hasta 6 metros de altura y, a la vez, porque al derruirse el perfil caía una gran cantidad de piedras grandes junto con los fardos y objetos. Generalmente el rescate se hacía desde el borde superior, evitando el desmoronamiento y así no caer al agua, cosa que algunos no pudieron evitar. Tampoco se pudo escapar de los golpes de algunas piedras, los que felizmente no tuvieron mayores consecuencias.
Mientras la angustia y la frustración crecían ante la inercia de las autoridades, de igual forma crecía el abanico de tierra pedregosa que iba dejando el agua conforme destruía el médano. El arrastre de fardos y otros objetos era continuo, y lo posible de rescatar, muy poco. Mi padre contó un día, desde la mañana al atardecer, 87 fardos, y otros objetos que caían y eran arrastrados por el agua.
Las dos primeras noches del rescate acampábamos en los autos, en la parte alta, ubicando lo rescatado cerca de ellos, pero desistimos de continuar por el frío y los zorros y ratas que llegaron atraídos por los fardos.
De muchos fardos que se destruían recuperamos cráneos y huesos, así como algunas ofrendas (cuentas y collares). Un fardo muy pequeño (probablemente de un nonato) que se fragmentó, estaba tapado con un gran mate y como ofrenda tenía una aguja de hueso.
En otro cráneo se encontró el cerebro muy bien disecado, con los hemisferios y circunvoluciones visibles, de él se ha hecho un estudio neurológico de su actual estructuras. A juzgar por los huesos largos, los habitantes de Bandurria eran bastante altos, los huesos no tenían rastros de raquitismo, pero sí había mucha mortalidad infantil, a juzgar por la cantidad de fardos pequeños que caían. No se observó sinostosis en los cráneos de adultos. Los dientes sanos, pero muy gastados, probablemente por masticar arena con los alimentos.
Ya era mayo, y los universitarios se turnaban para venir a apoyar en el rescate, aunque algunos días estuvimos sin ellos. Entretanto, el agua había ya llenado la cuneta entre el acantilado Este y la barra Oeste, extendiéndose a casi toda la playa al no tener salida, hasta que un día formó un desagüe, rompiendo la barra en la playa Paraíso (al sur de Playa Chica), y dejando al descubierto los pilotes y traviesas de un antiguo muelle, probablemente por donde se embarcaba la sal antes de la llegada del ferrocarril de Huacho, a principios del siglo XX.
La albufera recreada por el agua del torrente, y ya con el tamaño actual, fue por un par de meses una sola, hasta que los materiales de arrastre del derruido médano cegaron la parte central, convirtiéndola en un extenso pantano y dividiéndola en dos albuferas: Norte y Sur. A esta zona entre las albuferas es el cementerio de la ceniza y los restos arrastrados por el agua al destruir el médano.
Posteriormente, en la albufera Sur y el área central empezaron a aparecer algunas plantas, como el junquillo y la grama salada, pero no así en la albufera Norte, de agua más salobre al no tener comunicación con el torrente que desembocaba en la parte Sur.
En la albufera Norte se dio una situación más interesante, en la zona arenosa delante del borde oeste del médano. Surgió del piso arenoso agua rojiza-marrón, probablemente debido al lavado de las cenizas y los restos orgánicos a nivel del suelo. Luego esta filtración fue aclarándose y, al secarse parcialmente, dejó una gran costra de sales.
Para sorpresa nuestra, esta costra salina fue quebrándose, y apareció una gran cantidad de plantas que, con el tiempo, formaron matorrales de tallos, ramas y nervaduras rojas con hojas verdes. Florecieron, y recogimos sus semillas menudas y hojas, parecidas a un quenopodio. Enviamos las muestras con Alfredo a la Universidad Agraria La Molina, donde se confirmó su filiación con la quinua, que posiblemente fue usada como alimento por los habitantes de Bandurria. Junto con estas plantas también brotaron verdolagas y, en los bordes más altos de la orilla, una gran cantidad de lagenarias (mates) de diversas formas. También brotó una planta de algodón que dio una bellota de fibra parda.
Toda esta vegetación perduró hasta la invasión de ganaderos con sus rebaños, en 1975. Iniciamos un acción judicial para desalojarlos, ya organizados como “Comuna del Huaura EPS”, pero perdimos porque los jueces fallaron a favor de ellos, venidos de la sierra de Checras, alegando que “vivían de sus vaquitas” y que nosotros estábamos defendiendo una zona eriaza y un medio que no aprovechábamos. Esta invasión de ganado en el sitio arqueológico y alrededores, que duró veinte años, ocasionó la pérdida de muchas plantas —entre ellas un ensayo de manglar— la destrucción y completa desfiguración del “Adoratorio de la Wanka”, usado como bajada a los pastizales, así como el desmoronamiento de los bordes del médano, por el paso continuo de la gran cantidad de animales.
A principios de junio llegó en inspección un arqueólogo del INC, y el 20 del mismo mes, después de una reunión en el CIRBM con el Arq. Arce, se dirigió un oficio (No. 320-73-1-CIRBM) a la Dirección General de Ingeniería y Proyectos del Ministerio de Agricultura. Con este oficio pudimos tratar el caso con el ingeniero jefe en esa dirección, obteniendo el compromiso de enviar maquinaria para ejecutar el zanjado.
A principios de julio al no llegar la maquinaria, el INC me comisionó para tramitarla, específicamente con CÁRITAS, con el Oficio No. 233-DTCPMC-73. En CÁRITAS Huacho nos indicaron que tenían la maquinara en la sierra, por un problema de urgencia. Nos encontrábamos en este trámite cuando la Zona Agraria de Huacho nos informó que al día siguiente llegaría maquinaria procedente de Lima a Bandurria.
Así fue, hacia la segunda semana de julio llegaron dos máquinas, una cuchilla cargador frontal y zanjadora. En tres jornadas ahondaron una zanja en el torrente y encauzaron definitivamente el agua, que dejó de arrasar el médano, formándose una pequeña playa entre este y el cauce.
Si el Ministerio de Agricultura no hubiese tardado tanto tiempo, más de tres meses, para enviar maquinaria, se hubiera salvado la mayor parte de un lugar único para el estudio de los inicios de nuestra cultura, testimonios invalorables de nuestro pasado expresado en patrones funerarios, ofrendas, viviendas y muchas otras muestras de la forma de vida y creencias del poblador de Bandurria. Se perdieron dos tercios del área del médano, formado por cenizas de basura doméstica, restos de viviendas y entierros humanos.
A mediados de julio habíamos ya reunido una gran cantidad de material rescatado: fardos, ofrendas, ofrendas en forma de parrilla (con hojas de pacae y anchovetas secas), mates, cestas, redes, etc., que se depositaron en la casa de Salaverry. El primero de julio pudimos salvar de un derrumbe, un entierro de un pescador provisto con largas redes y una serie de ofrendas.

Ante el cese de la destrucción del médano por el torrente, ya encauzado definitivamente, decidimos únicamente rescatar los fardos y objetos que aparecieran y estuvieran expuestos en el talud que se iba formando al derrumbarse el perfil dejado por el agua.
En el corte se podían observar restos de totora, piedras alineadas, juncos, un fogón con piedras en el fondo y carbón; así como gran cantidad de restos de moluscos (chanques, choros y machas), huesos de lobo marino y una vértebra de ballena, que rodaron del talud creciente.
Ya con más calma, pudimos adquirir en el Servicio Aerofotográfico Nacional (SAN) tres fotografías aéreas (143-66: 45, 46, 47) del área y, posteriormente, por intermedio del Ing. Riera, del Área de Restitución Aerofotográfica de la D. G. de Reforma Agraria, se nos facilitó la observación estereoscópica de las fotos. Esto nos permitió confrontar nuestra visión en el terreno, y levantar el plano de la Reserva Arqueológica de Playa Chica Bandurria (20-07-73), solicitada al INC. Se pudo discernir mejor los cerros (montículos) con estructuras, que hoy, gracias al trabajo del Proyecto Arqueológico Bandurria, conocemos que corresponden a pirámides construidas desde sus bases; así como dos grandes construcciones desaparecidas al sur del “Cerro Hueco”.
A fines de julio llegó Alfredo Torero con la Dra. Rosa Fung. Habíamos discutido anteriormente sobre a quién invitar para la investigación de Bandurria; se plantearon varios nombres: Frederic Engel, Luis Lumbreras, incluso la asesoría de Pablo Macera, para obtener el apoyo de la universidad de San Marcos, pero Alfredo pidió invitar a Rosa Fung, que hacía un tiempo había trabajado en Las Aldas.
En esos días se hizo un recorrido de reconocimiento de toda el área, para que la Dra. Fung tuviera una idea integral del sitio. Hacia fines del año (1973) regresó con la estudiante Lucy Salazar, y siguieron viniendo los fines de semana hasta comenzar las clases universitarias de 1974.
Durante este tiempo continúo el rescate, con apoyo de los estudiantes universitarios de Huacho, los que se concentraron en el talud en formación. De ahí se rescató una figurina de barro sin cocer, para aquel entonces la única representación humana encontrada.
De la zona marginal del médano, en su extremo Este, que no había sido alcanzada por el agua, se ubicó una piedra tosca vestida con un tejido entrelazado; y debajo de esta se encontró la tumba de un niño contenido en una cesta grande de junco. Todos los objetos rescatados en esta etapa fueron llevados por la Dra. Fung a su alojamiento.
En uno de estos viajes, la Dra. Fung llegó con el Dr. Marvin Allison, y visitaron la casa de Salaverry para revisar el material recuperado en el rescate. El Dr. Allison fotografió el material óseo humano y sacó una muestra de totora del interior de un fardo.
En el año de 1977 regresó la Dra. Fung con Jorge Silva, Denise Pozzi Escot y otros estudiantes de arqueología de San Marcos, reiniciando la investigación en el sitio. Realizaron un corte estratigráfico en el borde del perfil de regular altura, y la excavación de una vivienda semihundida, rectangular, con paredes de piedra. Esta estructura se encontraba al nivel de la superficie del médano, por lo que debía corresponder a la etapa final de la ocupación.

Un tiempo después de esta corta investigación, se presentó en Huacho Jorge Silva con el pedido de la Dra. Fung para que se le entregara el material arqueológico depositado en Salaverry, resultado de nuestra tarea de rescate, y llevarlo a San Marcos. La mayoría de los que habían participado en el rescate se opuso, sobre todo los universitarios, por la importancia que tenía que todo este material se quedara en el Museo de Huacho. Sin embargo, la opinión de Domingo Torero Arrieta, en el sentido de que el Museo no tenía las condiciones adecuadas para el mantenimiento del material, decidió su entrega. Se hizo un inventario de lo que se entregó, firmado por Jorge Silva, y quedaron en Huacho muy pocas cosas. Posteriormente, para nosotros, hubo un largo silencio sobre los resultados de la investigación en Bandurria; salvo la llegada, un tiempo después, de Lucy Salazar, quien solicitó estudiar la cestería que teníamos en el Museo, para un trabajo que debía de realizar, y para lo cual no disponía de otro material.
En mayo de 1977 llegó la Dra. Mercedes Cárdenas a la zona, dentro de un proyecto de Reconocimiento y Catastro del valle de Huaura. La Dra. Cárdenas hizo un reconocimiento desde Bandurria hasta las Salinas. En años posteriores ella apoyó permanentemente la conservación de Bandurria, con informes periódicos sobre el estado del sitio, para promover que el INC decidiera la declaración de Reserva Arqueológica. Su último informe data de enero del 2005. De esta manera, la Dra. Cárdenas ha colaborado durante más de 30 años a la defensa y conservación del patrimonio arqueológico de Bandurria.
A fines de la década de 1980, siendo Alfredo Torero Vicerrector de San Marcos, se le entregó el inventario del material de Bandurria para verificar y, en algún momento, recuperar este material, patrimonio de Huacho, cuando nuestro Museo tenga las condiciones adecuadas para su conservación.

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