Apartarse de los demás o dejarse encontrar
Apartarse de los demás o dejarse encontrar
Me parece que la aparición de Rebeca ha sido como una irrupción del desorden de la vida. Antes, al cruzarme con gente como ella, siempre había buscado pasar por un puente cubierto de paredes negras, que no me obligara a mirarlas. Si alguien me amenazaba con su torpeza o con su afecto, me había apartado con una frase cortés, había buscado la guarida de mi supuesta dignidad, el refugio de mi temor y mi prudencia. Y mi elegancia, por supuesto. Siempre, siempre mi elegancia o mi belleza, no sé, todavía pensando en eso. Apartarme de las personas vulgares o de las torpes o de las necesitadas. Siempre. Pero un día todas me habían alcanzado. Habían regresado a mi bajo la forma de Rebeca. Se habían confabulado para recordarme el abismo en los ojos que no me había atrevido a mirar de frente. Obligada a detenerme a la mitad del puente, a tener que mirar hacia atrás y hacia abajo. Y ahora…
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 244
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