La persistencia del señor Olarte
La persistencia del señor Olarte
De pronto entre las personas sentadas, vi a Andrés Olarte. Estaba sentado allí: el pecho erguido, las rodillas frágiles y las manos sosteniendo un libro.
Andrés Olarte era un antiguo novio de mi madre, su cuerpo delgado y su saco impecable y sus ojos bondadosos y su pelo blanco casi no habían cambiado desde que yo tenía memoria de él.
Habían sido novios, me contó mi madre una vez, cuando estudiaban juntos en la universidad. Luego ella se había cansado de él.
Mi madre dijo que no podía entender del todo por que se había separado. La explicación más aproximada era las mas sencilla: Andrés la aburría.
Había roto con el un día de invierno, luego de una conversación rápida y cariñosa. Cincuenta años después de eso, mi madre esta muerta y Andrés aquí en la sala de una clínica, sentado, leyendo. Un hombre frágil y sereno, concentrado en su libro, inmune a los alaridos de un niño.
Ella me lo había presentado cuando nos encontramos en la Avenida Larco. Esa tarde fuimos los tres a una cafetería cercana. Recordaba su voz cariñosa, sus ojos atentos examinándola, sus rápidas comprobaciones del parecido entre ambas. En ese momento, en la sala de espera, el no se había dado cuenta de que yo estaba allí.
Pensé en todo lo que ese hombre había querido a mi madre.
Ella me había enseñado sus cartas envueltas en cintas rosadas. Cuando Andrés Olarte supo que mi madre se había casado, siguió manándole algunos mensajes (tarjetas por su santo, buenos deseos por navidad, incluso una felicitación por su aniversario de matrimonio). Los mensajes siempre decían “Espero que todo este bien” “que la familia se conserve”, “muchos cariños en estas fiestas”. Nunca una palabra que la pudiera incomodar. A veces también le había mandado algunos libros de regalo.
El fuego debajo de esa cortesía estaba avivado por la longevidad. Le había enviado mensajes periódicamente, durante los veinte años de su matrimonio, lo único que se había propuesto era recordarle a mi madre que existía. Cuando mi papa había visto alguna de las tarjetas, se encogía de hombros y alababa vagamente la persistencia del señor Olarte.
El día del velorio, Andrés llegó temprano. La miró en el ataúd, se quedo en silencio, y se fue. Nunca mas supimos de él.
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 176-177
Comentarios, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Pingbacks para este post...
Hacer comentario:

