Para los corazones sensibles, los que pueden escuchar
Para los corazones sensibles, los que pueden escuchar
A veces se quedaba en silencio, y yo me preguntaba que pasaba por su mente. Muchas tardes, antes del lonche salimos a dar un paseo por su barrio. Rebeca era capaz de maravillarse mirando la enredadera de una fachada o de acercarse a sentir el aroma de unos jazmines al atardecer. Un día describió todos los colores azules, morados, grises en el cuello de una paloma que se había parado en un árbol. Si miras cualquier cosa durante mucho rato, te vas a dar cuenta de que es un milagro, me dijo, no se donde leí eso. En otra ocasión, caminando por la calle, pateamos una piedra durante varias cuadras. Cuando llegamos a su casa, tomo la piedra y se la guardo en el bolsillo. Un recuerdo de este día, me explicó.
Un día me enseño algo que había escrito, letras estiradas y rápidas sobre unas hojas del cuaderno.
“Las hojas de un árbol caen sobre el ligero tambor del mundo. El pequeño ruido que hacen pasa desapercibido para casi todos. Pero los corazones sensibles, los que pueden escuchar, sienten el peso triste de esa música en el fondo de su alma. Solo algunas personas reconocen el estremecimiento de una hoja que vuela y que ha muerto y que se llena de aire para siempre”.
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 28
Comentarios, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Pingbacks para este post...
Hacer comentario:

