Archivos de: Octubre 2008
Apartarse de los demás o dejarse encontrar
Me parece que la aparición de Rebeca ha sido como una irrupción del desorden de la vida. Antes, al cruzarme con gente como ella, siempre había buscado pasar por un puente cubierto de paredes negras, que no me obligara a mirarlas. Si alguien me amenazaba con su torpeza o con su afecto, me había apartado con una frase cortés, había buscado la guarida de mi supuesta dignidad, el refugio de mi temor y mi prudencia. Y mi elegancia, por supuesto. Siempre, siempre mi elegancia o mi belleza, no sé, todavía pensando en eso. Apartarme de las personas vulgares o de las torpes o de las necesitadas. Siempre. Pero un día todas me habían alcanzado. Habían regresado a mi bajo la forma de Rebeca. Se habían confabulado para recordarme el abismo en los ojos que no me había atrevido a mirar de frente. Obligada a detenerme a la mitad del puente, a tener que mirar hacia atrás y hacia abajo. Y ahora…
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 244
Y quiero ser feliz
Cuando estaba en la universidad los muchachos me invitaban a salir. Yo me negaba con casi todos. Una vez le dije a un muchacho que no quería ser feliz. Era un tontería, pero en ese momento me parecía que era una buena frase, cuando una es joven, es así. Las frases… pero ahora… tengo a Sebas y a mi padre y a Giovanni, y a Maria Eugenia. Y estoy bien. Y quiero ser feliz, bueno ser feliz, o sea esa es una expresión idiota, lo que quiero decir es que quiero sentirme lo mejor posible, o sea lo mas tranquila posible. Y no puedo estar tranquila porque… siempre hay algo que me falta, de lo que estoy pendiente, algo que no se que es pero que tiene que ver con todo lo que ha pasado, supongo, o es algo… a veces soy capaz de entusiasmarme, voy al trabajo, voy al gimnasio, mi fe esta en condiciones operativas. Un hijo, una casa, una chamba. Son las cosas básicas a las que una persona aspira. Estoy bien, claro que estoy bien. He logrado disciplinar mis miedos, organizar mis temores y empaquetarlos y guardarlos allí, por lo menos. ¿Y tu Rebeca?
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 189-190
El invierno en Lima es la expresión de su identidad
El aire húmedo y gris. Una lamina de metal que cubría todas las superficies. La neblina es como la sangre que emana de una superficie invisible. Pensé que en el Lima todas las casas tienen el gris como un color agregado. Las paredes amarillas también son grises, los postes verdes también son grises. Incluso el sol es gris, es el color que subyace a todos los otros. El invierno en Lima es la expresión de su identidad.
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 188
La persistencia del señor Olarte
De pronto entre las personas sentadas, vi a Andrés Olarte. Estaba sentado allí: el pecho erguido, las rodillas frágiles y las manos sosteniendo un libro.
Andrés Olarte era un antiguo novio de mi madre, su cuerpo delgado y su saco impecable y sus ojos bondadosos y su pelo blanco casi no habían cambiado desde que yo tenía memoria de él.
Habían sido novios, me contó mi madre una vez, cuando estudiaban juntos en la universidad. Luego ella se había cansado de él.
Mi madre dijo que no podía entender del todo por que se había separado. La explicación más aproximada era las mas sencilla: Andrés la aburría.
Había roto con el un día de invierno, luego de una conversación rápida y cariñosa. Cincuenta años después de eso, mi madre esta muerta y Andrés aquí en la sala de una clínica, sentado, leyendo. Un hombre frágil y sereno, concentrado en su libro, inmune a los alaridos de un niño.
Ella me lo había presentado cuando nos encontramos en la Avenida Larco. Esa tarde fuimos los tres a una cafetería cercana. Recordaba su voz cariñosa, sus ojos atentos examinándola, sus rápidas comprobaciones del parecido entre ambas. En ese momento, en la sala de espera, el no se había dado cuenta de que yo estaba allí.
Pensé en todo lo que ese hombre había querido a mi madre.
Ella me había enseñado sus cartas envueltas en cintas rosadas. Cuando Andrés Olarte supo que mi madre se había casado, siguió manándole algunos mensajes (tarjetas por su santo, buenos deseos por navidad, incluso una felicitación por su aniversario de matrimonio). Los mensajes siempre decían “Espero que todo este bien” “que la familia se conserve”, “muchos cariños en estas fiestas”. Nunca una palabra que la pudiera incomodar. A veces también le había mandado algunos libros de regalo.
El fuego debajo de esa cortesía estaba avivado por la longevidad. Le había enviado mensajes periódicamente, durante los veinte años de su matrimonio, lo único que se había propuesto era recordarle a mi madre que existía. Cuando mi papa había visto alguna de las tarjetas, se encogía de hombros y alababa vagamente la persistencia del señor Olarte.
El día del velorio, Andrés llegó temprano. La miró en el ataúd, se quedo en silencio, y se fue. Nunca mas supimos de él.
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 176-177
Para los corazones sensibles, los que pueden escuchar
A veces se quedaba en silencio, y yo me preguntaba que pasaba por su mente. Muchas tardes, antes del lonche salimos a dar un paseo por su barrio. Rebeca era capaz de maravillarse mirando la enredadera de una fachada o de acercarse a sentir el aroma de unos jazmines al atardecer. Un día describió todos los colores azules, morados, grises en el cuello de una paloma que se había parado en un árbol. Si miras cualquier cosa durante mucho rato, te vas a dar cuenta de que es un milagro, me dijo, no se donde leí eso. En otra ocasión, caminando por la calle, pateamos una piedra durante varias cuadras. Cuando llegamos a su casa, tomo la piedra y se la guardo en el bolsillo. Un recuerdo de este día, me explicó.
Un día me enseño algo que había escrito, letras estiradas y rápidas sobre unas hojas del cuaderno.
“Las hojas de un árbol caen sobre el ligero tambor del mundo. El pequeño ruido que hacen pasa desapercibido para casi todos. Pero los corazones sensibles, los que pueden escuchar, sienten el peso triste de esa música en el fondo de su alma. Solo algunas personas reconocen el estremecimiento de una hoja que vuela y que ha muerto y que se llena de aire para siempre”.
Alonso Cueto, el susurro de la mujer ballena, pág. 28
Invierno en Lima
Era el mes de junio. Por esos días escribí algo sobre el invierno en Lima. Hace poco lo encontré.
"Durante el invierno, Lima ha llevado la idea de la miseria a la máxima expresión. La miseria es un lámina que va royendo la superficie, pero que se anida en el corazón de los objetos. La humedad se su cristalización, un sistema de irrealidad contagioso que va creciendo en las fachadas de las casas, en los bordes de los autos, entre las grietas. Los objetos no tienen contorno. El mar es el cielo. La tierra el aire. El color del invierno no es el gris ni el blanco ni el plomo. Quizás podríamos llamar al invierno limeño el esplendor de la mezquindad. Respecto de todo lo que existe, Lima lo exalta siempre a la nada".
Alonso Cueto, La hora azul, p. 290
La hora azul
La llegada de Miriam había abierto muchas puertas del palacio de la indiferencia en cuyos salones hasta entonces yo me había acomodado. Los diques impuestos por la severidad de mi temor y mi prudencia habían empezado a ceder desde la primera vez que había sabido de ella. La carta de Vilma Agurto había sido el boleto de un viaje indefinido hacia la región encantada de la maldad, el reino que habitaba mi padre y Miriam, un cuarto largo de ruidos que recorrían sus torturadores y oficiales. Mi cauteloso egoísmo, la barbarie de mi elegancia me habían protegido hasta entonces de ellos. Yo me había acostumbrado a descartar los pequeños problemas del mundo de afuera con una mueca, me había preparado para recorrer las cortinas infinitas del sarcasmo antes de acomodarme en el salón de cojines que compartía con Leticia Larrea, con Haroldito Gala, con mi socio Eduardo. La muerte, la pobreza, la crueldad, habían pasado frente a mí como accidentes de la realidad, episodios pasajeros y ajenos que había que superar rápidamente. Ahora en cambio me parecía dádivas recién reveladas.
El dolor que mi familia había fabricado y enterrado para mi como un tesoro antes de pedirme que lo buscara, era mi única posesión en ese momento. Debía agradecerle a mi padre haberme dejado el botín de su pasado. Miriam había sido un ángel que me había llegado desde mi propio infierno. Me había mostrado desde lejos el abismo del que habían vueltos hombres y mujeres iguales a mi, los que había visto en Huanta y en san Juan de Lurigancho. Todos los días esa gente se había despertado decidida a persistir, a no morirse, a no perder la dudosa gracia de seguir vivos, en medio de la guerra primero y de la pobreza luego. En ese momento me parecían espectros que remontaban sus cuerpos, habrían tenido que despertarse en tantas madrugadas para enfrentar las imágenes que aparecen en la pared de su cuarto, la voz insistiendo de sus padres o sus hijos, los cuerpos desvanecidos en el aire del dormitorio. Aquí estamos, no queremos irnos estamos aquí contigo, La vida siempre había sido irreparable para ellos- El silencio helado de una noche cualquiera era siempre el silencio del miedo, la puerta de su casa era siempre una puerta a punto de estallar. La guerra se había terminado ahora. Y sin embargo los rostros aún los rondaban: los hermanitos que les preguntaban si iban a poder escapar a los padres que los acostaban o las madres que les servían un tazón de leche. Todos espectros tiernos en el aire de piedra.
Había sido así también para Miriam. Ella nunca había salido de ese corredor de su última noche de Huanta a Huamanga, no había podido apartarse de la delgada línea que sus ojos creaban para persistir. Esa línea se había interrumpido, había tenido que recorrer antes de que llegara la mañana, antes de que llegara la claridad donde estaba en peligro, la hora azul de la primera madrugada. Iba a estar bien mientras recorriera, pero ahora se había detenido. Ahora estaba en su bosque de fantasmas anónimos, una hondonada entre dos cerros en el camino a Huanta. Encima de ella, estaban los otros cuerpos- el de Hugo Matta, que se negó a que los senderistas le quemaran su carro y de que murió de una pedrada en la cabeza; y el de Leonidas Cisneros, el teniente gobernador que no quiso que los senderistas tomaran su pueblo; y el del hijo de Teodoro Sillipú, a quienes los senderistas habían rociado con gasolina y habían amarrado bajo el sol del mediodía para que se quemara lentamente, y el del señor Luis Zarate, a quien habían degollado y colgado en la plaza san Miguel de Rayme, y el de los seis hijos y el esposo de la señora Paula Socco, todos ellos habían existido, habían respirado bajo el cielo que me cubría, habían estado tan cerca. Y ahora casi nadie sabia de ellos. No existían. No eran nada. Su recuerdo era un enorme silencio en un camino de montañas. Iban a ser recordados un tiempo por una poca gente de su lado. Del otro lado, la gente del otro lado.
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Habíamos pensado que los pobres son buenos
Su recuerdo era un enorme silencio en un camino de montañas. Iban a ser recordados un tiempo por una poca gente de su lado. Del otro lado, la gente del otro lado.
Ellos, los sobrevivientes, los que habían mirado a la muerte de frente, eran los únicos verdaderos habitantes de la vida. Investidos de su soledad, estaban allí, de pie en ese terreno baldío de su rutina. Ellos. No yo, que me despertaba todos los días junto a Claudia y llegaba a la oficina para hablar con Eduardo y con mis clientes.
Las rutinas de mi cobardía conformaban una ley más fuerte que todas las del código penal que yo había estudiado. Y sin embargo, no me sentí ni peor ni mejor que personas como Luis Zarate o Teodoro Sillupi.
Los veía tan a la distancia todavía eran tan distintos. EL hecho de que los estuvieran descubriendo me llevaba a idealizar su sufrimiento. Les estaba imaginando virtudes que no tenían. Eran tipos como todos (Paulino Valle me había pedido dinero el mismo día del entierro de Miriam). Alguna vez los de este lado habíamos pensado que los pobres son buenos por el hecho de ser pobres. Pero ahora sabemos que los pobres no son buenos como tampoco los que han sufrido son buenos, tampoco los ayacuchanos son buenos. Claro que no. Son tipos capaces de cualquier cosa, son como los otros. Pueden ser tan idiotas y torpes y mezquinos como nosotros, quizá más. Pero aunque se que no es un privilegio y que no lo hacen mejores, me extraña su silencio frente a la brutal repartición de la muerte en la que han nacido. Ellos no buscaron llegar a una realidad tan dividida, tan llena de cercos edificados, no buscaron nacer al otro lado. La línea que nos separa a nosotros de ellos esta marcada con el filo de una gran navaja. Es obvio que yo no voy hacer nada por remediar esa injusticia tan enhebrada a la realidad, no puedo hacer nada, no voy a ayudarlos a lo mejor tampoco me interesa. Y sin embargo, haber sabido sobre tantas muertes y torturas y violaciones ahora me entristece tanto, y también me avergüenzo un poco, no se porque. No voy a olvidarlos. Aunque solo me lo diga a mi mismo, y a ella.
Pero quizás si. Quizá todo esto es una sensación pasajera. Quizá pronto yo voy a hacerlos a un lado. Necesito adormecerme otra vez al gran sueño de lo que creo ser, apurarme en regresar a mi sitio, correr las sabanas blancas y limpias del olvido sobre mi cabeza y entregarme al ruido menudo, olvidarme de todo eso que va a morir con Miriam. La gran casa iba a verse otra vez y yo iba a sentarme en la sala. Mi estudio, mi jardín, mis amigos, ese era mi lugar.

