Sobre todo no se olviden de sus muertos - Alonso Cueto -La hora azul
Sobre todo no se olviden de sus muertos - Alonso Cueto -La hora azul
En Luricocha pasé junto al aviso del colegio José Félix Iguaín y me volví a encontrar con el padre Marco.
Junto a él dos ancianos, un hombre y una mujer, cubiertos de telas negras y sombreros. No hablaban castellano. Le pedí que les preguntara si había conocido a Miriam. Al oir su nombre, los ojos de la mujer se encendieron. Empezó a hablar en quechua.
Sí se acuerda, me dijo.
Que un día vinieron unos soldados y se la llevaron y no supieron más, dicen. Dicen que pregunte si usted sabe algo. ¿Tenía algún pariente en Luricocha, en Huanta o en Huamanga?
El hombre sacudió la cabeza. Su padre y su madre murieron, dice que no quisieron dar su comida de la bodega a los senderistas, dice que los senderistas se llevaron a su hermano para obligarlo a pelear con ellos. Después los senderistas asaltaron el puesto policial aquí también. Allí lo mataron a su otro hermano. No han vuelto a saber de ellos nunca. No saben nada de Miriam. La casa sigue cerrada. Ya casa fantasma parece. No saben nada de la familia de Miriam tampoco.
Caminé con el padre Marco hasta la pista donde me esperaba el mototaxi.
El padre Marco parecía un guerrero jubilado. Tenía manos inusualmente grandes, un cuerpo pequeño que estiraba con su sotana y una gran cruz de fierro.
- ¿Cómo puede hacer para consolar a esta gente, padre?
- Ya no quieren consuelo, señor. Pero quieren hablar, quieren contarme sus cosas, eso nomás quieren, y por esos yo los oigo, pues. Los oigo y ellos hablan y los sigo oyendo y cuando ellos se van yo me quedo solo y lloro todo lo que puedo, señor. Entro a mi cuarto, me echo boca arriba en la cama, y rezo un rato y entonces me pongo a llorar, y me pongo de costado, el llanto se me viene solo, o no hago nada y de repente estoy llorando, es mejor así, y después ya me siento mejor, y les digo que recen mucho, y que no los olviden, sobre todo eso, que no se olviden de sus muertos pero que los recuerden con alegría, así les digo,y así se la pasan recordándolos, y yo también. Así podemos seguir viviendo, pero llorando siempre, eso sí.
Alonso Cueto, La hora azul, pp.175-177
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