La misa de mes - Alonso Cueto - La hora azul
La misa de mes - Alonso Cueto - La hora azul
Ese martes era la misa de mes de su muerte.
No soy muy religioso pero ella sí, y quizá después de todo yo también. Durante un tiempo, cuando éramos niños, Rubén y yo la habíamos acompañado a misa todos los domingos. No hay mejor compañía que la de Dios. Cuando una está sola, habla con Dios. eso me da una gran tranquilidad. La soledad te lleva a Dios. Yo no creo tanto en eso mamá, no sé. Hay un verso de Machado. Quien habla solo espera hablar a Dios un día. Eso es lindo, dijo, pero no es verdad. Esperar es inútil, lo único que cuenta es buscar. Y buscar en compañía de otros, en comunión con otros. Esos otros están en la iglesia, están en la misa, están entre tus amigas, están en la ciudad, la gente pobre no tiene a quien recurrir. Hay que pensar en ellos. En la misa pensamos en ellos. ¿Cuándo si no? Lo bueno de la misa es que te da tiempo de pensar mirando a los demás, Adrián. ¿Quién tiene media hora para pensar hoy en día? ¿Y quien tiene tiempo para mirar a otra gente, y para saludarla? Yo entro en la iglesia y pienso en todos ustedes. Y pienso en mí. En mí y en ustedes y en la gente que conozco, y en la gente que no tiene nada.
La voz de mi madre se abría paso con una firmeza cristalina. Un misa, una reunión, una asamblea. Gente que se une. Todo eso habría sido muy importante para ella. Para mí, el problema era que tanto la misa como los sacerdotes por lo general me aburrían, y mucho. Pero esta vez, por mi madre, sería distinto.
En algún momento pensé en la posibilidad de que ese personaje llamado Vilma Agurto también apareciera (en la casa o, peor aún, en la iglesia) y nos maldijera en voz baja por lo que mi padre había hecho.
Sin embargo, el día de la misa, una tarde fresca, a las siete y media en la iglesia de los Carmelitas, todo transcurrió tranquilamente, con abrazos, agradecimientos y buenos recuerdos. A la salida de la iglesia un puñado de amigas y parientes se me acercó. Dos o tres de ellas me contaron anécdotas de mi madre, escenas divertidas que y recién descubría: el día que se manchó el traje y que se lo limpió tan rápido, , o la tarde en que se cayó de la silla con una taza en la mano. Se deslizó sobre la alfombra con tanta gracia que el té casi ni se le derrama. Así era tu mamá, tan elegante, tan señora siempre.
Me había tranquilizado, casi halagado, ver a la pequeña multitud en las bancas, la cola para la comunión, el nombre de "nuestra hermana Beatriz" en los labios del sacerdote.
Alonso Cueto, La hora azul, pp.95-96
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