La Serpiente de Oro
La Serpiente de Oro
Ciro Alegría, La serpiente de oro, Inicio del cap. 16
Cuando despertamos, al amanecer, don Osvaldo no estaba con nosotros. ¿Qué le pasaría? Sus mantas aparecían allí, bien dobladas, hablando de un alejamiento juicioso. Sin duda fue a dar un paseo por el campo, aprovechando la frescura del alba. Y sin entrar en mayores conjeturas, nos marchamos a nuestros quehaceres.
El sol se halla muy alto ya, cuando veo venir al ingeniero por el caminito que pasa ante el cerco de mi huerta. ¡Ha cambiado mucho don Osvaldo! Antes resaltaba ante nosotros y ante el paisaje. Tenía, amén de sus ropas nuevas y sus arreos flamantes, algo interior que le daba cierto aire de encontrarse por encima de cuanto veía. Ahora ya no. Está a tono con todo y hasta camina un tanto encorvado y con pasos bruscos. En este momento parece que al valle le es familiar y que no lo repudia ni lo deja a un lado como a un extraño, sino que lo toma para sí, que lo adhiere al paisaje, que lo amasa a la tierra. No sé bien qué es lo que pasa, pero hasta a su barba rubia no se la nota rubia. Y si anoche estuve alegre de su cambio, hoy me atrista un poco, pues tengo la impresión de haber visto su destino, que es destino de hombre que muere a medio viaje por no saber plenamente el punto de llegada y haberse olvidado mucho del de partida.
(...)
Su cigarro da al aire una voluta que se funde en el reverbero luminoso y, entre un chirrido de cigarras, llega a sus oídos solamente el monótono tactac de los checos caleros y el apagado rumor del río adormecido. La sombra es húmeda y enervante. Es grato pensar y hacer proyectos en un momento así…
Irá a Lima y formará la compañía. A esos capitales que duermen en las cajas bancarias, él los hará salir a desperezarse y multiplicarse en este lecho pródigo.
(...)
La Serpiente de Oro ha de prosperar. El les dará ejemplo a esos muchachos limeños que se quedan en casita, mendigando empleos del gobierno para curvarse ante una mesa y los “padrinos” toda la vida. Podría ser como Juan Carlos que debido a influencias, desempeña desde Lima la inspección de un provinciano camino que no existe; pero no… de ninguna manera… ¡él será el abanderado de una cruzada a favor de una vida intensa y viril, con brillo de sol montañés en la frente y brillo de oro entre las manos! ¡La Serpiente de Oro!...
Mas después de tan bellos proyectos le entra una desazón cuya causa no puede precisar. ¿Qué? Y se echa a pensar en su situación, en haber cambiado tanto, llegando hasta a mascar coca y dormir con los cholos, y a sobrevivir con una rara reciedumbre a las penalidades, y a creer aún en un hombre de Marañón. Y nuevas dudas vienen a roer su entraña dolida. ¿Volverá? ¿Se irá? Todo lo que le rodea es tremendo, sorpresivo, y no sabe él mismo de los abismos que ha atravesado en cuerpo y alma, ni de los que podrá cruzar todavía. Y luego piensa que el hombre cuenta poco en estos mundos y dice, hablando en vos baja, para sí mismo:
-¡Aquí la naturaleza es el destino!
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Don Osvaldo se "acostumbra" plenamente en la nueva tierra que ha conocido, pero no por eso puede olvidar su pasado, ni vivir sin proyecto.
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