"¡Bandera piruana!", cap. 8 de Todas las sangres
"¡Bandera piruana!", cap. 8 de Todas las sangres
Las comunidades todavía aisladas de indios, no conocen del Perú sino la bandera. No saben siquiera pronunciar el nombre de la patria; el universo concluye para ellos en los límites del distrito; no conocían ni conocen, casi todas ellas, el nombre de la provincia, mucho menos el departamento. “¡Bandera piruana!”, sí, saben decir. E intentan protegerse con ella de las incursiones de los hacendados, de las autoridades políticas, de los policías. Y la agitan cuando se sienten felices. Porque hasta hace poco, todos, miserables y todopoderosos, respetaban esa misteriosa insignia. Bosques de banderas peruanas tiemblan sobre las chozas que las familias sin casa construyen “clandestinamente” en los arenales sin dueño que invaden en los alrededores de Lima. Cada vez las ponen a mayor altura, sobre carrizos excepcionalmente grandes o empalmando dos o tres cañas. Pero ya las balas no respetan la “bandera piruana” en los últimos años; al pie de ella caen muertas criaturas y hombres hambrientos. No la cambiarán, sin embargo, los indios, no sabemos hasta qué tiempos, y según lo que hagan ellos mismos y quienes los consideran únicamente como caballos de tiro.
Pero ese atardecer, en Paraybamba, don Bruno, Carhuamayo, Davicho, y los varayok’ elegidos, besaron la cinta, de rodillas. El bicolor pequeñísimo de la delgada cinta, luciéndose en la ruinosa plaza, tuvo más luz que el sol y acaso que los dioses, para muchos de los comuneros que la vieron moverse, apenas, en el puño de la vara del alcalde.
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