El Maíz y la Margarita - fragmento del cap. 5 de "El mundo es ancho y ajeno"
El Maíz y la Margarita - fragmento del cap. 5 de "El mundo es ancho y ajeno"
El trigal y el maizal formaban una gran rondalla pulsada por un eufórico viento. Densos y maduros estaban los trigos, clavados en la gran chacra de la ladera como dardos disparados desde el sol. Cada maíz parecía un gringo barbado y satisfecho. Lo humanizaba todavía más la adivinanza de la época:
En el monte monterano
hay un hombre muy anciano:
tiene dientes y no come,
tiene barbas y no es hombre… ¿qué será?
Era y no era hombre. Todos sabían que se trataba del maíz. Planta fraternal desde inmemoriales tiempos, podía ser considerada acaso como hombre y si se le negaba tal calidad, porque a la vista estaba su condición vegetal, era grato dudar y dejar que se balanceara, densa de auspiciosa bondad, en el corazón panteísta.
Marguicha cumplió su turno en la ordeña y estaba ya "librecita", esquiva y alegre ante el asedio de Augusto. Se sabía la muchacha más linda de la comunidad y no lograba decidirse por ninguno de los tantos mocetones que la requerían.
--Mañana cosechamos, Marguicha…
--Mañana, Augusto…
Ella recordó la adivinanza del maíz y le preguntó si conocía alguna. En respuesta, él entono un dulce huaino. Ésta fue la sencilla y hermosa flor rural que colocó sobre el pecho tembloroso de Marguicha:
Qué bonitas hojas
de la margarita.
qué bonita planta
para mi consuelo.
Qué bonitos ojos
de la Margarita,
qué bonita niña
para mi desvelo
Sé de mi pobre cariño,
palomita,
como la planta llamada
siempreviva…
Decía "ser de mi pobre cariño". No importaba, Marguicha le entendía perfectamente. Sabía trovar Augusto. Era a su Marga, Marguicha, Margarita, a quien cantaba. La margarita silvestre de verdes hojas duraba aún florecida, consolándolo del estío. La margarita de ojos negros lo desvelaba en cambio, pero él, pese a todo, quería trocarla en siempreviva para su amor…
Sentados sobre el cerco de piedra contemplaban el maizal. Estaba muy impresionada Marguicha pero no se decidía a abrazarlo. ¿Era a Demetrio a quien quería? De repente lo cogió de un brazo y, dando un pequeño grito, lo soltó y echó a correr hasta su casa. Había temor y contento en ese grito. Augusto no sabía qué pensar y se puso algo triste.
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